No es ajeno a nosotros que el ordinario hecho de la pérdida de objetos de nuestra pertenencia se ha tornado muy frecuente en los últimos tiempos, a tal punto de que no nos damos cuenta de las cosas que perdemos a menos que estemos pendientes de ellas. Todos los días perdemos cosas como el pelo, el peso (aunque no lo quiera creer), los papeles de golosinas… otros perdemos cosas más importantes tales como la paciencia, la cabeza, y, lo que todos sin excepción perdemos, el tiempo.
A los fines de frenar la creciente ola mundial de pérdidas, Celestino Jonte, el jardinero de circunvalación, fundó
Al principio, el trabajo quijotesco de encontrar fue muy arduo, porque no sabían que era lo que buscaban; pero luego, con la creciente fama de la corporación y el gran número de sus acólitos, la tarea fue cediendo a las embestidas de la sociedad. Empezaron por los jardines de Celestino y encontraron cosas como tapas de cerveza, estampitas del gauchito Gil, lombrices, tornillos oxidados y bolsas de plástico. Lo único plausible era un viejo reloj de pulsera que ya no funcionaba, pero lo guardaron por su valor sentimental.
Luego siguieron por el parque Independencia, inspeccionando meticulosamente cada rincón, escudriñando cada escondrijo con sus lentes. Las señoras gordas se marchaban ofendidas, los tarambanas se reían de los que ellos llamaban “los locos del monóculo” (nombre que luego adoptarían los Tipos Bien para denominar a la sociedad), y los Tipos Apasionados de Rosario se compadecían en silencio mientras buscaban sin disimulo otro lugar donde desafiar a la rutina.
Los objetos encontrados eran depositados en la casa de Celestino, pero llegó un momento en el que ya no quedaban resquicios disponibles para el sinfín de objetos encontrados. Desde luego, tantas cosas encontradas empezaron a causar problemas, como por ejemplo, algunas de estas cosas se volvían a perder entre tanta multitud de otras cosas. Transcribo a continuación un fragmento de las Memorias de Pedro Flores, periodista de Baigorria, que me ejemplifica.
“[…] El anciano les pedía con insistencia las pastillas para el corazón que había perdido en la línea 62, pero al parecer los buscadores las habían extraviado entre las demás cosas encontradas. Los encontradotes estuvieron abocados a encontrarlas durante dos semanas y tres días, momento en el cual el anciano falleció de un paro cardíaco […]”
También hubo casos en los que algunos tarambanas reclamaban como suyas las pérdidas de otros, armando grescas colosales que, al final, redundaban en la pérdida.
Luego de unos años eran tantos los adheridos a la sociedad a nivel mundial, que ya no quedaban objetos para encontrar. Algunos avivados llegaron al extremo de encontrar las cosas antes de que sus dueños las perdieran. Unos Tipos Apasionados franceses se llevaron
Con el tiempo la carestía de pérdidas dignas provocó una disminución de los miembros de la Sociedad.Tanto es así que quedaron solo treinta. Éstos se juntaron y como no sabían que buscar, salieron a la búsqueda de la honestidad de los políticos argentinos. Salieron y nunca más volvieron. Vaya uno a saber a qué galaxia fueron a parar, nadie hasta hoy los encontró. Se fueron, y con ellos se fueron las artes de encontrar. Quizás algún día encuentren lo que buscaban y vuelvan, pero hasta ese día nosotros seguimos perdiendo.
Ezequiel Almeida



