martes, 13 de mayo de 2008

EL COLECIONISTA

(Charlas de diván I)

– Es imposible –dijo Zapata mientras jugueteaba con los dedos – no entiendo el orden del tipo.

– Lo de él es espontáneo, viejo, –dijo Martínez haciendo un esfuerzo por elegir las palabras adecuadas para explicarse – lo que pasa es que a vos se te da por el raciocino escolástico y te vas por las ramas del orden aceptado, che; así nunca lo vas a entender.

– Pero ¿Por qué en las cabezas, porqué no en una vitrina de exposición como la gente, loco?

– ¿Como la gente? ¿Como qué gente? Dejáte de convencionalismos, che. La gente que vos decís no entiende un bledo del orden artístico puro; porque, llamemos a las cosas por su nombre, Arszuritch es un artista. Sus colecciones son una gran obra de arte y no solo una mera acumulación de determinado tipo de objetos en ese “orden” del que vos hablás. Y lo de las cabezas es pura casualidad, o destino si querés. Bien podrían haber sido las cabezas como bandejas de comedor o latas vacías, pero parece que el tipo era cazador en sus tierras y cuando se dedicó a coleccionar, usó sus trofeos de caza como soportes de exposición. Y cuando digo trofeos de caza me refiero a esas majestuosas cabezas de alce con sus imponentes cornamentas. Sí, majestuoso.

– Majestuoso o lo que quieras, el tipo es un chiflado –objetó Zapata.

– El tipo es un maniático, es verdad, pero, ¿no seremos nosotros los que

estámos locos y él el único sano? ¿Cómo a saber si no somos nosotros los que estámos del otro lado del espejo? That’s the question viejo. Merde.

Martínez se levantó del piso que utilizaba como una improvisada “cama”. El aire de la habitación estaba viciado al punto en que no se veían entre ellos. Descargó su pipa en el basurero de chapa, entró al baño y desde ese lugar de acústica privilegiada le gritó: – Si de verdad querés entender el orden al que el tipo se refiere, tenés que mirarlo con otros ojos, ojos de tijera se me hace. Por ejemplo, le das un tajo a la cabeza que colecciona discos, y le das otro en la que invariablemente pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con los lápices de fieltro a la derecha y un poco atrás. Se trata ahora de apreciar los resultados.

Ezequiel Almeida

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