martes, 13 de mayo de 2008

El Linyera

“La mejor cualidad de mis antepasados es la de estar muertos; espero modesta pero orgullosamente el momento de heredarla.” Fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar

Era de noche; y eran exactamente las doce del mediodía en la mitad opuesta del planeta, y el tipo sin nombre (hacía muchas primaveras lo había olvidado) vagaba sin rumbo. Dueño de la calle, por poseerla; a la vez esclavo por no tener otro lugar a donde ir; desnudo de ideas, vivía por inercia; lo de siempre, poner cara de patíbulo y caminar. Bajo frío, calor, humedad, lluvia y demás combinaciones meteorológicas, el Don Nadie caminaba, de luna a luna caminaba. Conocía toda la ciudad, era un mapa que nadie consultaba, una especie de oráculo impráctico. Conocía cada recoveco, cada vereda, cada esquina…

Cuando caminaba pocas veces había algo que se atreviera a romper su rutina: un auto que deliberadamente pasaba a su lado rompiendo la imagen del cielo reflejada en un charco, haciendo que muchos de estos pedazos de cielo se alojaran en el saco casi inmaterial del infortunado, lejos de ser estos una bendición. El solo maldecía con lo que le quedaba de su voz oxidada por el desuso y seguía caminando. Escudriñaba los adoquines con cuidado y observaba como más allá el asfalto, símbolo del progreso, invadía con vehemencia los rústicos empedrados. Su rutina de caminar lo estaba cansando, pero ya no sabía hacer otra cosa, el olvido lo había invadido como un tumor inextirpable. Su rutina había tornado su vida en una simple existencia inservible.

Un día despertó y sintió (¿sintió?) un peso excedente en sus piernas que no le permitían caminar. Por instinto se arrastró hasta un árbol y sin miedo (ni nada), como descargándose del peso de su inútil subsistencia, murió.

Ezequiel Almeida

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