jueves, 14 de abril de 2011

El Loco

EL LOCO

I

LA PROPUESTA

“Sólo los Locos y los niños dicen la verdad.

Por eso, a los locos los encierran y a los niños los educan” J. Lennon

Esa noche sórdida de sábado estaba recién en pañales cuando me acerqué furtivamente al café “La Esmeralda”. Por fuera se advertía cómo el cuerpo que constituía el edificio, vomitaba, a intervalos regulares, entes mamados hasta los tuétanos, que antes de estar en este estado troglodita, pudieron haber respondido al título de Doctor, Profesor o Señor, pero que en la actual situación podrían provocar la certeza de que realmente descendemos de los monos. Por dentro el recinto estaba atestado de gente que, al igual que yo, no tenía otra cosa mejor que hacer, y buscaba en aquel lugar un espacio interesante en donde seguir forjando lo que quizás previamente hubiese estado haciendo: Nada. Un “nada” sofisticado, un “nada” aceptado por la sociedad, pero sobre todo un “nada” que se disfrutaba a pleno (o por lo menos eso aseveraban los demagogos que manejaban la industria del divertimento). El paisaje de interior se dibujaba variado. Una luz tenue se cernía en el ambiente y, junto con el humo les otorgaba a los personajes cierta privacidad de funeral, aunque no fuera precisamente eso. Desde la puerta, hacia la derecha se extendía todo el sector dicharachero del asunto: la infaltable mesa de los que jugaban indistintamente al póquer o al truco; más allá una pulseada entre el “malevo Rojas” y el “Tordo”; y en el rincón, una pelea de gallos alrededor de la cual corrían las apuestas. Al frente estaba la barra donde los “muchachos” bebían a discreción, y hasta el cual se había abierto un camino entre el recinto atestado, milagroso como el cruce del mar Rojo, provocado por un beodo que acababa de salir. Por último, a la izquierda, se descubría el sector intelectual y abstruso de la tertulia, donde unos y otros defendían su posición con palmario fervor. Hacia allí me dirigí para curiosear, y resultó ser que la conversación giraba en torno al tema sicótico: más específicamente, se trataba de demostrar si los locos del hospicio de “San Nahuelito” eran, lo que se dice, inofensivos. Obviamente el polémico tema había encendido los ánimos de unos cuantos, y ahora tirios y troyanos se inmiscuían en desmesurada escaramuza, ora combativos, ora reconciliadores, pero guerreros inmisericordes al fin. Mientras me acercaba iba percibiendo cada vez más las palabras del historiador Lacera.

— No deberíamos dejar de tomar en cuenta el anterior estado de esos…— pensó por un poco de tiempo buscando la palabra adecuada, pero su semiótica no le alcanzaba en ocasiones como estas. — locos. — No había caso, era la única palabra verdaderamente útil, justificóse. — Antes de ser lo que son, eran lo que somos nosotros (defínanlo como lo quieran definir), ergo, somos potenciales locos y no nos diferenciamos de ellos lo suficiente como para discriminarlos. — esto último lo pronunció con aire de defensor-de-pobres-y-ausentes acompañado por una mirada nada indirecta hacia el sector que encabezaba el petiso Lucho, que ya se reagrupaba después de semejante golpe.

— Pero nadie está hablando de discriminar o no discriminar — aventuró el Lucho nada convencido de sí mismo — Si lo que estamos tratando es la simple peligrosidad de seres que (importándome una goma lo que hayan sido antes) son perjudiciales para la sociedad en que intentamos vivir, che.

Repentinamente el poeta Rosales, que hasta ahora había estado ausente de la conversación, se incorporó como si su alma di vagante hubiera vuelto a su corporal domicilio:

— En términos generales estoy de acuerdo con Lacera. — Sonrió — Quería agregar que los orates por definición no significan perjuicios ni físicos ni morales para sus congéneres — disparó como un guiño místico al historiador.

— Vos y tu diccionario saben ya muy bien adonde se pueden ir — retrucó Eldecamisaroja que estaba sentado a la derecha del Lucho — al fin y al cabo el “mataburros” está hecho por un par de gallegos, que de chiflados argentinos no saben nada

— ¡Eso! — Agregó el Lucho reanimado — Sólo con decirte que el otro día me atacó un demente con una navaja, ya te digo todo.

Entonces, imbuido todo yo en el debate, decidí tomar cartas en el asunto:

— Puede ser que usted señor, fermentada su imaginación por la fobia que les tiene (gracias a la cual no dista mucho de ser uno de ellos) haya inventado una navaja de lo que quizás (y muy probablemente) fuese una pluma.

— Antes de proseguir, ¿tendría la amabilidad de decirme su nombre?

— Oh disculpe, Jaques Darién (¿a sus órdenes? ¡No!)

— Estimado amigo — me espetó mordaz — quiero creer que su atrevida intervención está respaldada por algún experiencia concreta con los aludidos, o algún conocimiento profundo en la materia, ¿o me equivoco?

— Lamento tener que satisfacer las ganas que usted tiene de estar equivocado. No encajo ni en uno ni en otro caso; encajo en un tercer caso que es una mezcla de ambos: yo soy/estoy loco. Pero le digo más: Usted y todos los que están en este salón son dementes. Somos todos locos.

— Explíquese mejor — replicó El-Poeta, interesado.

— Convengamos — proseguí — en que el loco no conoce su condición, es decir, no sabe que está loco. Por lo tanto ¿quién nos dice que no somos todos locos, que por generaciones unos locos estudian a otros para entender la psiquis? ¿Por qué, si no, la humanidad “civilizada” retrocede en vez de avanzar? Lo que en realidad sucede, es que hay diferentes grados de locura: A los menos locos se los llama “normales”, a los medio locos se los encierra, y a los más locos se los tilda de “genios” y se les entrega el premio Nobel. Henos aquí, entonces, con que los que están en el hospicio “San Nahuelito” formarían parte del segundo grupo, y, coincidiendo con Lacera, no son muy diferentes de nosotros.

— Además, — dije lleno de infinito entusiasmo cuando mi inconsciente disertación llegaba su término— para que todo lo que acabo de decir no quede sólo en palabras, me propongo demostrarles que los locos del hospicio “San Nahuelito” son inofensivos. Voy a residir con ellos por el transcurso de un día y una noche, y voy a salir ileso — discurso audaz del que mas tarde me arrepentiría.

Tan osada perorata fue acogida en la tertulia con una mezcla homogénea de aplausos, risotadas y gestos de desaprobación que para mí significaban una sola cosa: triunfo. Era obvio que la forma que había elegido para demostrar mi postura era asaz polémica, porque todo mundo comenzó a hablar a la vez, a favor o en contra, haciendo del café “La Esmeralda” una inenarrable batahola de voces, a raíz de la cual prorrumpió en la velada el sofista Raúl Cifuentes, engendro de las multitudes, el cual, con actitud ostensiblemente belicosa, vociferó:

— ¡Que me parta un rayo!— expresión que provocó un mutis general ante el debate que cobraba ahora dimensiones multitudinarias — ¡Eso es una locura! —.

— Entonces no voy a desentonar con la pintura— le respondí de mala gana pero sin hacerme esperar — ¡Es probable que me guste tanto que hasta me quede a vivir!—.

La inesperada réplica fue recibida con una ola de hilaridad que llenó el recinto e hizo trastabillar al pobre Cifuentes que solo atinó a balbucear un “¡ah no, si me va a tomar para la chacota!”, expresión de descalabro que cayó en oídos sordos.

Una vez calmados los ánimos, convinimos con algunos representantes que, para probar lo que iba a hacer, alguien me iba a acompañar hasta la puerta del manicomio y esperar hasta que yo saliera, luego del transcurso de veinticuatro horas, ni más ni menos. Ese elegido fue Míster Hans, quien poseía una vasta experiencia en arbitraje de envites y apuestas. Concertamos entonces la cita para el día subsiguiente a las ocho en punto en el frente del edificio propio, y yo me despedí y me fui a dormir, de manera de tener las botas puestas para el gran lance.

II

LA SÉPTIMA PUERTA

“[…] que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

Gris y desesperanzada había amanecido la mañana; tristes las calles de domingo, lavadas por la lluvia nocturna y sin mucho gentío en sus espaldas: este era el paisaje que se extendía en el limitado horizonte que bebían los ojos lagañosos de Jaques Darién. Tres golpes dóciles y sucesivos se amontonaron en su puerta:

—Ya voy — gritó.

Un Poco nervioso se puso los pantalones y una camisa, y salió a atenderlo. Luego de vestirse, partieron ambos rumbo al lugar indicado.

Al llegar, todo fue como lo esperado: Los viejos portones cedieron con un estridente chirrido. A las puertas se encontraba (léase se dormía) un tal señor, apostado en una posición que amenazaba con estar alerta; con un uniforme de policía que era mas bien un mural de huellas dejadas por las inenarrables experiencias de las que había sido protagonista, dignas de un cuadro de Picasso; una porra negra y lustrosa, quizás todavía con el precio en el lomo. Pero tal aspecto no engañaba demasiado; el hecho de que era una fachada se hacía evidente. En los oscuros fondos de la instalación, funcionaba una increíble máquina de manyar del siglo XXI que, de forma ilegal, comía bolas de fraile (de esas que tienen abundante dulce de leche) cuando el jefe no estaba.

En ese punto, Mr. Hans se despidió de Jaques y le dijo que estaría esperando afuera durante el tiempo que el estuviera dentro, y lo mandó indefenso hacia el interior. Jaques se introdujo entonces, y vagando solitario entre los amplísimos pasillos, se entretuvo por un tiempo. Mientras caminaba por ahí, descubrió el patio principal, y salió. Una vez afuera (pero adentro, siempre adentro) se encontró con un viejo que se abocaba con esmero a la tarea de plantar. No parecía muy loco; no, a él lo habían metido ahí porque no querían pagar un geriátrico; ah ¿sí?; sí, él en realidad era un jardinero de lo más cuerdo; ah ¿sí?; sí.

— ¿Qué está plantando? — inquirió curioso Jaques.

Con un gesto de consternación ante la obviedad de la pregunta, el hombre le respondió con total naturalidad que plantaba un árbol de cucharas. Ya con una visión más global del motivo del encierro de aquel pobre hombre, Jaques decidió alejarse, por prudencia de no poner a prueba el saber popular de que “la locura se contagia”. Una vez adentro, se encontró con uno de los enfermeros que, informado del motivo de su estadía en el lugar, le recomendó que visitara a “los del salón circular”, indicándole donde podría encontrar a estos interesantes personajes…

En la habitación se advertía un enorme contraste con el resto del edificio: era toda blanca, bien pintada y con mecanismos de seguridad muy modernos. Su forma circular la hacía peculiar. Circundándola, había siete puertas que daban a siete cuartos con los locos mas insólitos del establecimiento. Receloso, Jaques se introdujo en la primera puerta. En el interior del recinto reinaba la penumbra. Cuando sus ojos se acostumbraron a ella, empezó a notar las manchas oscuras que se esparcían por los paneles delimitadores, como un tapizado mortuorio; y en el fondo, un individuo literalmente duro de cerviz que se reventaba el cogote, en desigual justa, contra la pared. Jaques, magnánimo, intentó detenerlo, pero había llegado tarde al baile, a tiempo como para escuchar la sentencia de muerte del infeliz: “igualmente ya estaba muerto” rematada por una risotada tétrica y repugnante, que tornó en un eco insoportable.

En la segunda pieza del salón, la situación fue un poco diferente, porque el audaz Jaques ya estaba, como se suele decir, “curado de espanto”, por la experiencia precedente.

Y el diálogo se dio así:

— Buenas tardes — empezó Jaques.

— Buenas tardes — segundó el desconocido.

— ¿Cómo le va?

(Suspiro: este no está tan loco)

— ¿Cómo le va?

— ¡Ja ja! Muy bueno, ¿cómo se llama?

(Seamos optimistas)

— ¡Ja ja! Muy bueno, ¿cómo se llama?

(Ufa)

— ¿¡Podría dejar de imitarme!?

— ¿¡Podría dejar de imitarme!?

(Ni te molestes)

— Debí imaginármelo — masculló Jaques.

— ¿qué?

— Oh, me alegra que vuelva usted en sí, le preguntaba por su nombre.

— Oh, me alegra que vuelva usted en sí, le preguntaba por su nombre.

A estas alturas, Jaques se vió superado (la verdad es que no poseía mucha paciencia) y decidió seguir probando suerte en el cuarto tercero.

Allí sí pudo poner en práctica sus conocimientos en el área de relaciones interpersonales, ya que el tipo con el que se encontró, no era poseedor de una tan extravagante locura.

Ya dentro del tercer cuarto, halló a un hombre de edad avanzada, con sus canosos cabellos desgreñados y un par de lentes (que vaya uno a saber que grosor tenían) que lo ayudaban en la lectura de uno de los tantos libros que andaban tirados por el suelo. En cuclillas, repetía con voz audible:

— Va el tres y después de la coma…—

— Permiso —

— Adelante. El uno, el cuarenta y uno, el cincuenta y nueve, el doscientos sesenta y cinco…

— ¿Lo interrumpo? —

—… trescientos cincuenta y ocho millones novecientos setenta y nueve mil trescientos veintitrés… —

— Disculpe, igualmente ya me retiraba. —

—… ochenta y cuatro trillones seiscientos veintiséis billones cuatrocientos treinta y tres millones ochocientos treinta y dos mil setecientos noventa y cinco…

— Chau —

— ¡Oh no, por favor, quédese! Disculpe el desorden y mi descortesía, es que estaba muy inspirado recitando las cifras que sé del numero Pi. —

— Ya veo porque lo metieron acámusitó Darién mientras observaba en el piso un tomo de la « Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des Sciences, des Arts et des Métiers ». Este debe llamarse Tomás Rodaja o Vidriera1, que algo tendrá que ver, pensó.

— No, Monsieur ami, Vd. no ha visto nada. La realidad es que llevo años estudiando, y puedo citar con exactitud cualquier extracto de cualquiera de los libros que Vd. ve aquí. Y puedo probarlo.

— A ver… — dijo Jaques escéptico, y agarrando al azar un libro cualquiera, siendo este “Historias de cronopios y de famas”, pidió le que le relatara las “Instrucciones para cantar”. Cuál no fue su sorpresa al oír que el insano comenzaba a recitar como un perico:

— “Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvídese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo, con hogueras entre las piedras…”

— Suficiente, veo que es usted un hombre de palabra, y ha sido un gusto conocerlo, pero ahora me tengo que ir. ¡Adiós! (y que sueñe con los angelitos cantando una sola nota y… ¡bah!)

— ¿Ya se va? Es una verdadera lástima porque pensaba deleitarlo con alguna de las Rimas de Bécquer, pero veo que lleva Vd. prisa. Au revoir alors! 2

Una vez afuera, notó que el tiempo había pasado rápido, y que el viejo le había caído simpático.

¿ochenta y cuatro trillones seiscientos veintiséis billones cuatrocientos treinta y tres millones ochocientos treinta y dos mil setecientos noventa y cinco? — se preguntó mientras se espabilaba — Mansa perogrullada — dijo, y se respondió con un bostezo largo y profundo. Como ya estaba cansado resolvió saltearse las puertas que le faltaban e ir directamente a la última.3

[…] que mis experiencias anteriores me habían enseñado, entreabrí la puerta antes de pasar, para obtener un vago panorama de lo que me esperaba en su interior. Lo que vi fue algo parecido a fantasmas que se movían entre un revoltijo de pliegos y lienzos tenebrosos. Pero mi vista preliminar no tenía nada que ver con lo que en realidad había en ese cuarto. Al entrar, noté al cuarto vacío, poblado únicamente por lo que parecía ser un gran espejo. Tal parece que el sueño y mi imaginación me habían jugado una mala pasada, y aunque no me gustaba andar hecho trasgo de ese modo, no podía conciliar el sueño, y esa era la única razón por la que estaba allí. […] Al acercarme al espejo, advertí que mi imagen no se movía de aquel lado, y fue entonces que me di cuenta de que no se trataba de un espejo, sino de un espejismo. Me explico: me encontraba yo en un cuarto simétrico y lo que había creído yo una pared-espejo resultó ser la imaginaria mitad del cuarto. Esto no es lo insólito, si no que el perturbado que tenía delante de mi tenía exactamente mi apariencia física hasta el último ápice, tanto es así que cuando comenzó a hablar intuí que aquel loco era yo, hablando las graves palabras que me dictaba mi propia locura.

Ah, — me dijo lleno de misterio — sos de los que todavía no saben.

¿Qué es lo que no sé? — pregunté verdaderamente confundido.

Ya vas a ver, no seas impaciente — me dijo. Acto seguido, me ordenó que me sacara la ropa y se la diera. Lo hice sin oponer resistencia, quizás hipnotizado, como si algo dentro de mi supiera que esto tenía que ser así. Cuando terminó de mudar ropas, me alcanzó con gesto generoso las suyas.

-Ha sido un gusto conocerlo, — dijo sonriendo — pero ahora me tengo que ir. ¡Adiós! —y salió. Partió por la misma puerta que me había dejado entrar […] Al otro día, cuando quise salir, uno de los médicos me dijo, dándome unas palmaditas en la espalda, que no me hiciera el vivo, que aunque era parecido, no los engañaría: el verdadero Jaques Darién ya había salido. Mirando hacia fuera por la ventana, percibí que no había ningún Mr. Hans esperándome afuera, que la comedia ya había sido montada, que […] yo estaba ahí, atrapado en el manicomio, un mundo donde todos somos dobles y nadie sabe a ciencia cierta si es quien cree ser, o si es, quizás, su propio alter ego… […]”

“Afuera, en un bar, el loco se sonreiría mientras le encargaba al mozo un café y pensaba en mí. Miraría hacia afuera por la ventana que da a la calle Francia y, mientras observaba a un auto alejarse, pensaría en mí y, nuevamente, ladeando la cabeza, se sonreiría.”

O, tengo que decir, eso es lo que intuyo.

1 Nota del comentador: En referencia al personaje de la novela El licenciado vidriera de Cervantes

2 Nota del comentador: Más tarde, refiriéndose al loco de la tercera puerta Jaques diría: Ese fue el único que me pareció normal de entre todas las personas que he conocido.

3 Nota del autor: El resto del relato son extractos del diario de Jaques Darién, encontrado después de su muerte, en el cual relata, entre otras cosas, la experiencia vivida en la séptima puerta.