jueves, 14 de abril de 2011

El Loco

EL LOCO

I

LA PROPUESTA

“Sólo los Locos y los niños dicen la verdad.

Por eso, a los locos los encierran y a los niños los educan” J. Lennon

Esa noche sórdida de sábado estaba recién en pañales cuando me acerqué furtivamente al café “La Esmeralda”. Por fuera se advertía cómo el cuerpo que constituía el edificio, vomitaba, a intervalos regulares, entes mamados hasta los tuétanos, que antes de estar en este estado troglodita, pudieron haber respondido al título de Doctor, Profesor o Señor, pero que en la actual situación podrían provocar la certeza de que realmente descendemos de los monos. Por dentro el recinto estaba atestado de gente que, al igual que yo, no tenía otra cosa mejor que hacer, y buscaba en aquel lugar un espacio interesante en donde seguir forjando lo que quizás previamente hubiese estado haciendo: Nada. Un “nada” sofisticado, un “nada” aceptado por la sociedad, pero sobre todo un “nada” que se disfrutaba a pleno (o por lo menos eso aseveraban los demagogos que manejaban la industria del divertimento). El paisaje de interior se dibujaba variado. Una luz tenue se cernía en el ambiente y, junto con el humo les otorgaba a los personajes cierta privacidad de funeral, aunque no fuera precisamente eso. Desde la puerta, hacia la derecha se extendía todo el sector dicharachero del asunto: la infaltable mesa de los que jugaban indistintamente al póquer o al truco; más allá una pulseada entre el “malevo Rojas” y el “Tordo”; y en el rincón, una pelea de gallos alrededor de la cual corrían las apuestas. Al frente estaba la barra donde los “muchachos” bebían a discreción, y hasta el cual se había abierto un camino entre el recinto atestado, milagroso como el cruce del mar Rojo, provocado por un beodo que acababa de salir. Por último, a la izquierda, se descubría el sector intelectual y abstruso de la tertulia, donde unos y otros defendían su posición con palmario fervor. Hacia allí me dirigí para curiosear, y resultó ser que la conversación giraba en torno al tema sicótico: más específicamente, se trataba de demostrar si los locos del hospicio de “San Nahuelito” eran, lo que se dice, inofensivos. Obviamente el polémico tema había encendido los ánimos de unos cuantos, y ahora tirios y troyanos se inmiscuían en desmesurada escaramuza, ora combativos, ora reconciliadores, pero guerreros inmisericordes al fin. Mientras me acercaba iba percibiendo cada vez más las palabras del historiador Lacera.

— No deberíamos dejar de tomar en cuenta el anterior estado de esos…— pensó por un poco de tiempo buscando la palabra adecuada, pero su semiótica no le alcanzaba en ocasiones como estas. — locos. — No había caso, era la única palabra verdaderamente útil, justificóse. — Antes de ser lo que son, eran lo que somos nosotros (defínanlo como lo quieran definir), ergo, somos potenciales locos y no nos diferenciamos de ellos lo suficiente como para discriminarlos. — esto último lo pronunció con aire de defensor-de-pobres-y-ausentes acompañado por una mirada nada indirecta hacia el sector que encabezaba el petiso Lucho, que ya se reagrupaba después de semejante golpe.

— Pero nadie está hablando de discriminar o no discriminar — aventuró el Lucho nada convencido de sí mismo — Si lo que estamos tratando es la simple peligrosidad de seres que (importándome una goma lo que hayan sido antes) son perjudiciales para la sociedad en que intentamos vivir, che.

Repentinamente el poeta Rosales, que hasta ahora había estado ausente de la conversación, se incorporó como si su alma di vagante hubiera vuelto a su corporal domicilio:

— En términos generales estoy de acuerdo con Lacera. — Sonrió — Quería agregar que los orates por definición no significan perjuicios ni físicos ni morales para sus congéneres — disparó como un guiño místico al historiador.

— Vos y tu diccionario saben ya muy bien adonde se pueden ir — retrucó Eldecamisaroja que estaba sentado a la derecha del Lucho — al fin y al cabo el “mataburros” está hecho por un par de gallegos, que de chiflados argentinos no saben nada

— ¡Eso! — Agregó el Lucho reanimado — Sólo con decirte que el otro día me atacó un demente con una navaja, ya te digo todo.

Entonces, imbuido todo yo en el debate, decidí tomar cartas en el asunto:

— Puede ser que usted señor, fermentada su imaginación por la fobia que les tiene (gracias a la cual no dista mucho de ser uno de ellos) haya inventado una navaja de lo que quizás (y muy probablemente) fuese una pluma.

— Antes de proseguir, ¿tendría la amabilidad de decirme su nombre?

— Oh disculpe, Jaques Darién (¿a sus órdenes? ¡No!)

— Estimado amigo — me espetó mordaz — quiero creer que su atrevida intervención está respaldada por algún experiencia concreta con los aludidos, o algún conocimiento profundo en la materia, ¿o me equivoco?

— Lamento tener que satisfacer las ganas que usted tiene de estar equivocado. No encajo ni en uno ni en otro caso; encajo en un tercer caso que es una mezcla de ambos: yo soy/estoy loco. Pero le digo más: Usted y todos los que están en este salón son dementes. Somos todos locos.

— Explíquese mejor — replicó El-Poeta, interesado.

— Convengamos — proseguí — en que el loco no conoce su condición, es decir, no sabe que está loco. Por lo tanto ¿quién nos dice que no somos todos locos, que por generaciones unos locos estudian a otros para entender la psiquis? ¿Por qué, si no, la humanidad “civilizada” retrocede en vez de avanzar? Lo que en realidad sucede, es que hay diferentes grados de locura: A los menos locos se los llama “normales”, a los medio locos se los encierra, y a los más locos se los tilda de “genios” y se les entrega el premio Nobel. Henos aquí, entonces, con que los que están en el hospicio “San Nahuelito” formarían parte del segundo grupo, y, coincidiendo con Lacera, no son muy diferentes de nosotros.

— Además, — dije lleno de infinito entusiasmo cuando mi inconsciente disertación llegaba su término— para que todo lo que acabo de decir no quede sólo en palabras, me propongo demostrarles que los locos del hospicio “San Nahuelito” son inofensivos. Voy a residir con ellos por el transcurso de un día y una noche, y voy a salir ileso — discurso audaz del que mas tarde me arrepentiría.

Tan osada perorata fue acogida en la tertulia con una mezcla homogénea de aplausos, risotadas y gestos de desaprobación que para mí significaban una sola cosa: triunfo. Era obvio que la forma que había elegido para demostrar mi postura era asaz polémica, porque todo mundo comenzó a hablar a la vez, a favor o en contra, haciendo del café “La Esmeralda” una inenarrable batahola de voces, a raíz de la cual prorrumpió en la velada el sofista Raúl Cifuentes, engendro de las multitudes, el cual, con actitud ostensiblemente belicosa, vociferó:

— ¡Que me parta un rayo!— expresión que provocó un mutis general ante el debate que cobraba ahora dimensiones multitudinarias — ¡Eso es una locura! —.

— Entonces no voy a desentonar con la pintura— le respondí de mala gana pero sin hacerme esperar — ¡Es probable que me guste tanto que hasta me quede a vivir!—.

La inesperada réplica fue recibida con una ola de hilaridad que llenó el recinto e hizo trastabillar al pobre Cifuentes que solo atinó a balbucear un “¡ah no, si me va a tomar para la chacota!”, expresión de descalabro que cayó en oídos sordos.

Una vez calmados los ánimos, convinimos con algunos representantes que, para probar lo que iba a hacer, alguien me iba a acompañar hasta la puerta del manicomio y esperar hasta que yo saliera, luego del transcurso de veinticuatro horas, ni más ni menos. Ese elegido fue Míster Hans, quien poseía una vasta experiencia en arbitraje de envites y apuestas. Concertamos entonces la cita para el día subsiguiente a las ocho en punto en el frente del edificio propio, y yo me despedí y me fui a dormir, de manera de tener las botas puestas para el gran lance.

II

LA SÉPTIMA PUERTA

“[…] que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

Gris y desesperanzada había amanecido la mañana; tristes las calles de domingo, lavadas por la lluvia nocturna y sin mucho gentío en sus espaldas: este era el paisaje que se extendía en el limitado horizonte que bebían los ojos lagañosos de Jaques Darién. Tres golpes dóciles y sucesivos se amontonaron en su puerta:

—Ya voy — gritó.

Un Poco nervioso se puso los pantalones y una camisa, y salió a atenderlo. Luego de vestirse, partieron ambos rumbo al lugar indicado.

Al llegar, todo fue como lo esperado: Los viejos portones cedieron con un estridente chirrido. A las puertas se encontraba (léase se dormía) un tal señor, apostado en una posición que amenazaba con estar alerta; con un uniforme de policía que era mas bien un mural de huellas dejadas por las inenarrables experiencias de las que había sido protagonista, dignas de un cuadro de Picasso; una porra negra y lustrosa, quizás todavía con el precio en el lomo. Pero tal aspecto no engañaba demasiado; el hecho de que era una fachada se hacía evidente. En los oscuros fondos de la instalación, funcionaba una increíble máquina de manyar del siglo XXI que, de forma ilegal, comía bolas de fraile (de esas que tienen abundante dulce de leche) cuando el jefe no estaba.

En ese punto, Mr. Hans se despidió de Jaques y le dijo que estaría esperando afuera durante el tiempo que el estuviera dentro, y lo mandó indefenso hacia el interior. Jaques se introdujo entonces, y vagando solitario entre los amplísimos pasillos, se entretuvo por un tiempo. Mientras caminaba por ahí, descubrió el patio principal, y salió. Una vez afuera (pero adentro, siempre adentro) se encontró con un viejo que se abocaba con esmero a la tarea de plantar. No parecía muy loco; no, a él lo habían metido ahí porque no querían pagar un geriátrico; ah ¿sí?; sí, él en realidad era un jardinero de lo más cuerdo; ah ¿sí?; sí.

— ¿Qué está plantando? — inquirió curioso Jaques.

Con un gesto de consternación ante la obviedad de la pregunta, el hombre le respondió con total naturalidad que plantaba un árbol de cucharas. Ya con una visión más global del motivo del encierro de aquel pobre hombre, Jaques decidió alejarse, por prudencia de no poner a prueba el saber popular de que “la locura se contagia”. Una vez adentro, se encontró con uno de los enfermeros que, informado del motivo de su estadía en el lugar, le recomendó que visitara a “los del salón circular”, indicándole donde podría encontrar a estos interesantes personajes…

En la habitación se advertía un enorme contraste con el resto del edificio: era toda blanca, bien pintada y con mecanismos de seguridad muy modernos. Su forma circular la hacía peculiar. Circundándola, había siete puertas que daban a siete cuartos con los locos mas insólitos del establecimiento. Receloso, Jaques se introdujo en la primera puerta. En el interior del recinto reinaba la penumbra. Cuando sus ojos se acostumbraron a ella, empezó a notar las manchas oscuras que se esparcían por los paneles delimitadores, como un tapizado mortuorio; y en el fondo, un individuo literalmente duro de cerviz que se reventaba el cogote, en desigual justa, contra la pared. Jaques, magnánimo, intentó detenerlo, pero había llegado tarde al baile, a tiempo como para escuchar la sentencia de muerte del infeliz: “igualmente ya estaba muerto” rematada por una risotada tétrica y repugnante, que tornó en un eco insoportable.

En la segunda pieza del salón, la situación fue un poco diferente, porque el audaz Jaques ya estaba, como se suele decir, “curado de espanto”, por la experiencia precedente.

Y el diálogo se dio así:

— Buenas tardes — empezó Jaques.

— Buenas tardes — segundó el desconocido.

— ¿Cómo le va?

(Suspiro: este no está tan loco)

— ¿Cómo le va?

— ¡Ja ja! Muy bueno, ¿cómo se llama?

(Seamos optimistas)

— ¡Ja ja! Muy bueno, ¿cómo se llama?

(Ufa)

— ¿¡Podría dejar de imitarme!?

— ¿¡Podría dejar de imitarme!?

(Ni te molestes)

— Debí imaginármelo — masculló Jaques.

— ¿qué?

— Oh, me alegra que vuelva usted en sí, le preguntaba por su nombre.

— Oh, me alegra que vuelva usted en sí, le preguntaba por su nombre.

A estas alturas, Jaques se vió superado (la verdad es que no poseía mucha paciencia) y decidió seguir probando suerte en el cuarto tercero.

Allí sí pudo poner en práctica sus conocimientos en el área de relaciones interpersonales, ya que el tipo con el que se encontró, no era poseedor de una tan extravagante locura.

Ya dentro del tercer cuarto, halló a un hombre de edad avanzada, con sus canosos cabellos desgreñados y un par de lentes (que vaya uno a saber que grosor tenían) que lo ayudaban en la lectura de uno de los tantos libros que andaban tirados por el suelo. En cuclillas, repetía con voz audible:

— Va el tres y después de la coma…—

— Permiso —

— Adelante. El uno, el cuarenta y uno, el cincuenta y nueve, el doscientos sesenta y cinco…

— ¿Lo interrumpo? —

—… trescientos cincuenta y ocho millones novecientos setenta y nueve mil trescientos veintitrés… —

— Disculpe, igualmente ya me retiraba. —

—… ochenta y cuatro trillones seiscientos veintiséis billones cuatrocientos treinta y tres millones ochocientos treinta y dos mil setecientos noventa y cinco…

— Chau —

— ¡Oh no, por favor, quédese! Disculpe el desorden y mi descortesía, es que estaba muy inspirado recitando las cifras que sé del numero Pi. —

— Ya veo porque lo metieron acámusitó Darién mientras observaba en el piso un tomo de la « Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des Sciences, des Arts et des Métiers ». Este debe llamarse Tomás Rodaja o Vidriera1, que algo tendrá que ver, pensó.

— No, Monsieur ami, Vd. no ha visto nada. La realidad es que llevo años estudiando, y puedo citar con exactitud cualquier extracto de cualquiera de los libros que Vd. ve aquí. Y puedo probarlo.

— A ver… — dijo Jaques escéptico, y agarrando al azar un libro cualquiera, siendo este “Historias de cronopios y de famas”, pidió le que le relatara las “Instrucciones para cantar”. Cuál no fue su sorpresa al oír que el insano comenzaba a recitar como un perico:

— “Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvídese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo, con hogueras entre las piedras…”

— Suficiente, veo que es usted un hombre de palabra, y ha sido un gusto conocerlo, pero ahora me tengo que ir. ¡Adiós! (y que sueñe con los angelitos cantando una sola nota y… ¡bah!)

— ¿Ya se va? Es una verdadera lástima porque pensaba deleitarlo con alguna de las Rimas de Bécquer, pero veo que lleva Vd. prisa. Au revoir alors! 2

Una vez afuera, notó que el tiempo había pasado rápido, y que el viejo le había caído simpático.

¿ochenta y cuatro trillones seiscientos veintiséis billones cuatrocientos treinta y tres millones ochocientos treinta y dos mil setecientos noventa y cinco? — se preguntó mientras se espabilaba — Mansa perogrullada — dijo, y se respondió con un bostezo largo y profundo. Como ya estaba cansado resolvió saltearse las puertas que le faltaban e ir directamente a la última.3

[…] que mis experiencias anteriores me habían enseñado, entreabrí la puerta antes de pasar, para obtener un vago panorama de lo que me esperaba en su interior. Lo que vi fue algo parecido a fantasmas que se movían entre un revoltijo de pliegos y lienzos tenebrosos. Pero mi vista preliminar no tenía nada que ver con lo que en realidad había en ese cuarto. Al entrar, noté al cuarto vacío, poblado únicamente por lo que parecía ser un gran espejo. Tal parece que el sueño y mi imaginación me habían jugado una mala pasada, y aunque no me gustaba andar hecho trasgo de ese modo, no podía conciliar el sueño, y esa era la única razón por la que estaba allí. […] Al acercarme al espejo, advertí que mi imagen no se movía de aquel lado, y fue entonces que me di cuenta de que no se trataba de un espejo, sino de un espejismo. Me explico: me encontraba yo en un cuarto simétrico y lo que había creído yo una pared-espejo resultó ser la imaginaria mitad del cuarto. Esto no es lo insólito, si no que el perturbado que tenía delante de mi tenía exactamente mi apariencia física hasta el último ápice, tanto es así que cuando comenzó a hablar intuí que aquel loco era yo, hablando las graves palabras que me dictaba mi propia locura.

Ah, — me dijo lleno de misterio — sos de los que todavía no saben.

¿Qué es lo que no sé? — pregunté verdaderamente confundido.

Ya vas a ver, no seas impaciente — me dijo. Acto seguido, me ordenó que me sacara la ropa y se la diera. Lo hice sin oponer resistencia, quizás hipnotizado, como si algo dentro de mi supiera que esto tenía que ser así. Cuando terminó de mudar ropas, me alcanzó con gesto generoso las suyas.

-Ha sido un gusto conocerlo, — dijo sonriendo — pero ahora me tengo que ir. ¡Adiós! —y salió. Partió por la misma puerta que me había dejado entrar […] Al otro día, cuando quise salir, uno de los médicos me dijo, dándome unas palmaditas en la espalda, que no me hiciera el vivo, que aunque era parecido, no los engañaría: el verdadero Jaques Darién ya había salido. Mirando hacia fuera por la ventana, percibí que no había ningún Mr. Hans esperándome afuera, que la comedia ya había sido montada, que […] yo estaba ahí, atrapado en el manicomio, un mundo donde todos somos dobles y nadie sabe a ciencia cierta si es quien cree ser, o si es, quizás, su propio alter ego… […]”

“Afuera, en un bar, el loco se sonreiría mientras le encargaba al mozo un café y pensaba en mí. Miraría hacia afuera por la ventana que da a la calle Francia y, mientras observaba a un auto alejarse, pensaría en mí y, nuevamente, ladeando la cabeza, se sonreiría.”

O, tengo que decir, eso es lo que intuyo.

1 Nota del comentador: En referencia al personaje de la novela El licenciado vidriera de Cervantes

2 Nota del comentador: Más tarde, refiriéndose al loco de la tercera puerta Jaques diría: Ese fue el único que me pareció normal de entre todas las personas que he conocido.

3 Nota del autor: El resto del relato son extractos del diario de Jaques Darién, encontrado después de su muerte, en el cual relata, entre otras cosas, la experiencia vivida en la séptima puerta.

miércoles, 4 de febrero de 2009

"Jazz it up, boys"

– Así es la cosa. – decía Lucio – Si no fuera como una mugrecita que se te pega en la camisa, tan fácil que parece mentira que después no se pueda sacar ni con la receta que usaba la abuela (rest in peace) para blanquear, a los productores no les gustaría tanto producir esos discos mediocres que de música no tienen nada ¿entendés? El tema es que se te pega, tan fácil, mirá, que después por más que sea tan fácil de descifrar como un tema de Luis Miguel, no te lo podés sacar de encima, y se te pone la piel como cartón corrugado cuando lo escuchás.
Las palabras fluían con bronca, con un swing muy sincopado, como si el patíbulo del tiempo las persiguiera con las setenta y ocho revoluciones del disco de Coltrane que crepitaba, y su única esperanza fuera estrellarse contra el marco de la ventana y despeñarse hasta los oídos poco críticos de “la otra” de turno, que se mordía las uñas porque sabía que lo que estaba escuchando era verdad, pero le gustaba tanto…
Y eso era inevitable: predecible, torpe y precario; algo así como esa estúpida música animal de baile, que acercaba a los adolescentes con su mp4 en el bolsillo, y les daba nombre y melodías, como para no sentirse tan solos, y los adentraba en un mundo que solo ellos sabían poseer, como una costumbre más, como una moda, que hoy es y mañana era, y quizás la semana que viene fuese otra vez. Eso los convertía en nada más que números y estadísticas que enriquecían a los que les daban de comer esa cosa podrida que vaya uno a saber que era, pero que les daba cierto grado de seguridad matemática: esto es así, esto sigue así, esto se toca así, y una necia sensación de poder, de saber el futuro inmediato, aunque sea eso…
La bronca de Lucio iba en aumento a medida que sus palabras seguían reventandose contra los vidrios de la cocina, porque no se podía encasillar a la música en esos términos de ablación aberrantes, predecibles y obvios: después del cuatro viene el cinco; después de un escalón, otro, claro, sólo que esta escalera no era como todas: era como una cinta transportadora que termina y vuelve a empezar, y se revuelve en su propia miseria ad infinitum.
– En cambio – decía la Otra amedrentada…
– En cambio está esa música que es como el universo y que se abre a todas las demás, como la cuarta dimensión, la mismísima quintaesencia de la música; una espontaneidad que proviene desde lo más profundo: la improvisación.
– Poné un poco de “Jazz & Milk breaks” please, que ese Coltrane me está perforando los oídos…

Toc… sshhhh… clic… toc…

– Ahí está, ¿ahora estás contenta?
– No.
– Bueno
– …
– …
– Es que vos sabés que a mi me gusta Julieta Venegas, digas lo que digas.

***

We steal to lose every colour
From the sky
Then crawl as a child
While the shadows burn our eyes
We know there's no longer shine
On this burned out rainbow
Lately it seems we've been chasing
What times resolved
Maybe something means nothing here
After all

Tres textos inéditos de Cortázar en un libro de colección

Fueron presentados en el Centro de Arte Moderno en Madrid, con la presencia de Aurora Bernárdez, la notable traductora y primera mujer de Julio Cortázar. Los relatos corresponden a la serie Historias de Cronopios y de Famas.

"¿Qué texto de Julio Cortázar le gusta más?", le preguntaron los periodistas a Aurora Bernárdez apenas cruzó la puerta del Centro de Arte Moderno en Madrid, donde la noche del lunes llegó para asistir a la presentación de un libro de colección con tres textos inéditos de Historias de Cronopios y de Famas. Ella se encogió de hombros, tal vez inhibida por el acoso de cámaras, flashes y micrófonos. Se tomó unos segundos y apenas respondió con una palabra: "Todos". Su silencio dejaba muchas hendijas para las preguntas se abalanzaban sobre sus 89 años. "¿Y cuál era el libro favorito de Cortázar?", insistió una cronista de televisión. La primera esposa del autor de Rayuela, heredera universal y albacea de su obra, dejó a todos con las ganas de escucharle más: "Vaya uno a saber... creo que todos también".

El frío de la capital española no amedrentó a esta mujer que se trasladó desde París, donde reside desde hace décadas y que compartió su vida con Cortázar desde 1955 hasta fines de los años 60, para estar presente en una ocasión que lo justificaba: la publicación de tres historias inéditas que quedaron fuera de Historias de Cronopios y de Famas (editado por primera vez por Sudamericana en 1962): "Almuerzos", "Never stop the press" y "Vialidad". Aurora los rescató de los archivos dejados por Cortázar y autorizó por primera vez su publicación en esta edición de lujo de Del Centro Editores, como un homenaje al escritor argentino a 25 años de su muerte.

Se trata de una tirada de apenas 100 ejemplares realizados artesanalmente, numerados y firmados por la ilustradora, el calígrafo y el editor. Los textos están presentados en tres carpetas con cubiertas en papel estampado a mano incluidas, a su vez, en un estuche entelado. Un objeto de arte único para cronopios coleccionistas y para cualquier fanático de la obra de Cortázar que pueda pagar lo que vale cada ejemplar: 260 euros.

Pero estos tres textos son apenas la punta del iceberg inédito cortazariano. El Director de Contenidos de la editorial Alfaguara en España, Juan González, le confirmó ayer a Clarín que hacia el mes de abril publicarán un volumen de cerca de 400 páginas con muchísimo material desconocido de Cortázar, desde fragmentos de Rayuela y otras novelas del escritor hasta cuentos cortos, textos sueltos y apuntes, que Aurora Bernárdez complió luego de una meditada edición de ese material. El libro ya tiene título: Papeles inesperados.


"Todos somos cronopios"

Rodeando a ese mito viviente que es Aurora Bernárdez estaban los responsables de la edición, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, la ilustradora Judith Lange y el calígrafo José María Passalacqua. Alrededor, el bullicio aumentaba con la llegada de escritores como el chileno Carlos Franz –agregado cultural de la Embajada de su país en España–, la uruguaya Carmen Posadas, el argentino Tomás Eloy Martínez y el español Juan Cruz, entre otros.

Entonces sí, la viuda de Cortázar se animaba ante cada reencuentro con viejos amigos desplegando una energía inoxidable y una lucidez que suele estar vedada para los periodistas, ya que nunca concede entrevistas. Así se la escuchó comentar, por ejemplo, que estaba de acuerdo con que la agencia literaria de Carmen Balcells, representante de la obra de Cortázar, cobrara por el uso de su imagen o de sus textos: "Siempre accedí a que no pagaran nada si es para fines educativos, porque apoyo esa clase de iniciativas. Pero para otras cosas, no. Yo sou una defensora de los derechos de autor", dijo refiriéndose al intento del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de hacer una campaña con frases de Cortázar para conmemorar el aniversario de su muerte.

Más tarde, mientras se colocaba en la solapa el pin con una foto de Julio que le regalaban a los asistentes al ingresar a la librería del Centro de Arte Moderno –un local atestado de primeras ediciones a la venta de obras que iban de Borges a Cabrera Infante–, Juan Cruz le recordó a Aurora la insólita anécdota de cuando en 1993, mientras estaba al frente de la editorial Alfaguara, él se empecinó en reeditar las obras de Cortázar en España: "El problema es que para publicarlo aquí, lo tendríamos que traducir", le decían.

La misma Aurora contó cómo surgió la historia de "Instrucciones para subir una escalera" que integra los relatos de De Cronopios y de Famas: "Estábamos con Julio caminando por la Via Médici y vi una escalera maravillosa que tenía una forma parecida a la larga cola de un vestido. Se lo hice notar a él, y le divirtió la idea". Esta primera lectora privilegiada del autor de títulos como Final del juego también se animó, precisamente, a jugar con los cronopios: "Uno prefiere ser cronopio porque es más simpático y más poético. Pero todos somos todo: somos cronopios, somos fama y somos esperanza. Todos tenemos un poco de cada cosa. Aunque yo conozco famas que son cronopios, y cronopios que a veces son esperanza, y a veces son fama", resumió.

El acto terminó con un brindis y con las imágenes de los cronopios imaginados por la ilustradora italiana expuestas en unas vitrinas del Centro de Arte Moderno. Aurora las recorrió con una sonrisa, quizás recordando mejor que nadie al cronopio mayor.

domingo, 25 de enero de 2009

De newton, y la manzana, y las secuelas...

Cualquiera sabe bien que cuando se suelta el potro, las consecuencias desagradables son inevitables. Y muy a menudo estas consecuencias se resumen en tropiezo y caída, y la jeta contra el suelo duro e inhóspito, en un beso obligado con esa tierra que nos ama; y, si es en un lugar público, te juro, unas ganas de rajar que ni te cuento. Y nunca falta el gil que empieza a “verle el lado risueño a la situación” y te dice que ya pasó, como si no lo supieras.

Pero peor es el que se queda callado, el simple espectador, tan correcto, tan recatado; su educación le impide decírtelo, pero lo piensa, vos sabés que lo piensa, “este gil, se viene a caer justo acá… etc.”. Y el sabe que vos sabés, pero lo mismo piensa.

Desde los tiempos inenarrables en los que el hombre camina, conoce el tropiezo y la caída; y, por ende, la burla y las excusas.

Muchas y muy variadas han sido los objetos que han provocado, a lo largo de la historia, las caídas del hombre: desde la típica baldosa floja, hasta el pusilánime tropiezo provocado por la rebeldía de algún pie cansado. Ejemplificando esto último, el viejo manuscrito del periodista Hugo Baltasi expresa muy bien lo que quiero decir:

“He tenido ocasión de observar de que manera perniciosa y traicionera actúa la fuerza gravitacional sobre la pobre victima ocasional (por lo general, sujetos que poseen una gran distancia entre la cabeza y el piso).

Observé con cierto disgusto como el pie, miembro que inicialmente era de gran ayuda en el paseo, se interponía en el camino del pie, y ambos, pie y pie, provocaban una catástrofe en el soma del desventurado hasta el punto de obligar a la musculatura contigua a la mandíbula a amortiguar, en lo posible, el brusco contacto con la superficie terrestre.

He percibido también, que luego del ilícito, ambos, pie y pie, ponen “dedos de yo-no-fui” y continúan la marcha ante el desconcierto del accidentado en cuestión, que no se acuerda bien cual era el objetivo de la escabrosa caminata, pero se reacostumbra en me…”

Lo que sigue del manuscrito son garabatos ilegibles que todavía intentamos descifrar.

No solo las personas tropiezan: tropiezan las cosas, los trabajos, los ideales, los países… y yo, y este no-se-que con sabor a cuento…

Pero el hombre ha aprendido también a levantarse, y esa es su mejor cualidad: cuando está por el suelo, aunque con síntomas de gemido, su orgullo propio lo incita a pararse y seguir caminando, por ese no-se-que del que irán a decir los demás… y entonces la pregunta de siempre, del tipo que sigue formalismos: ¿cómo estás? ¿Estás bien?, y el accidentado, como siguiéndole el juego a ese formalismo que poco le importa en ese momento, responderá que si, aunque le duela hasta el alma: si.