miércoles, 4 de febrero de 2009

"Jazz it up, boys"

– Así es la cosa. – decía Lucio – Si no fuera como una mugrecita que se te pega en la camisa, tan fácil que parece mentira que después no se pueda sacar ni con la receta que usaba la abuela (rest in peace) para blanquear, a los productores no les gustaría tanto producir esos discos mediocres que de música no tienen nada ¿entendés? El tema es que se te pega, tan fácil, mirá, que después por más que sea tan fácil de descifrar como un tema de Luis Miguel, no te lo podés sacar de encima, y se te pone la piel como cartón corrugado cuando lo escuchás.
Las palabras fluían con bronca, con un swing muy sincopado, como si el patíbulo del tiempo las persiguiera con las setenta y ocho revoluciones del disco de Coltrane que crepitaba, y su única esperanza fuera estrellarse contra el marco de la ventana y despeñarse hasta los oídos poco críticos de “la otra” de turno, que se mordía las uñas porque sabía que lo que estaba escuchando era verdad, pero le gustaba tanto…
Y eso era inevitable: predecible, torpe y precario; algo así como esa estúpida música animal de baile, que acercaba a los adolescentes con su mp4 en el bolsillo, y les daba nombre y melodías, como para no sentirse tan solos, y los adentraba en un mundo que solo ellos sabían poseer, como una costumbre más, como una moda, que hoy es y mañana era, y quizás la semana que viene fuese otra vez. Eso los convertía en nada más que números y estadísticas que enriquecían a los que les daban de comer esa cosa podrida que vaya uno a saber que era, pero que les daba cierto grado de seguridad matemática: esto es así, esto sigue así, esto se toca así, y una necia sensación de poder, de saber el futuro inmediato, aunque sea eso…
La bronca de Lucio iba en aumento a medida que sus palabras seguían reventandose contra los vidrios de la cocina, porque no se podía encasillar a la música en esos términos de ablación aberrantes, predecibles y obvios: después del cuatro viene el cinco; después de un escalón, otro, claro, sólo que esta escalera no era como todas: era como una cinta transportadora que termina y vuelve a empezar, y se revuelve en su propia miseria ad infinitum.
– En cambio – decía la Otra amedrentada…
– En cambio está esa música que es como el universo y que se abre a todas las demás, como la cuarta dimensión, la mismísima quintaesencia de la música; una espontaneidad que proviene desde lo más profundo: la improvisación.
– Poné un poco de “Jazz & Milk breaks” please, que ese Coltrane me está perforando los oídos…

Toc… sshhhh… clic… toc…

– Ahí está, ¿ahora estás contenta?
– No.
– Bueno
– …
– …
– Es que vos sabés que a mi me gusta Julieta Venegas, digas lo que digas.

***

We steal to lose every colour
From the sky
Then crawl as a child
While the shadows burn our eyes
We know there's no longer shine
On this burned out rainbow
Lately it seems we've been chasing
What times resolved
Maybe something means nothing here
After all

Tres textos inéditos de Cortázar en un libro de colección

Fueron presentados en el Centro de Arte Moderno en Madrid, con la presencia de Aurora Bernárdez, la notable traductora y primera mujer de Julio Cortázar. Los relatos corresponden a la serie Historias de Cronopios y de Famas.

"¿Qué texto de Julio Cortázar le gusta más?", le preguntaron los periodistas a Aurora Bernárdez apenas cruzó la puerta del Centro de Arte Moderno en Madrid, donde la noche del lunes llegó para asistir a la presentación de un libro de colección con tres textos inéditos de Historias de Cronopios y de Famas. Ella se encogió de hombros, tal vez inhibida por el acoso de cámaras, flashes y micrófonos. Se tomó unos segundos y apenas respondió con una palabra: "Todos". Su silencio dejaba muchas hendijas para las preguntas se abalanzaban sobre sus 89 años. "¿Y cuál era el libro favorito de Cortázar?", insistió una cronista de televisión. La primera esposa del autor de Rayuela, heredera universal y albacea de su obra, dejó a todos con las ganas de escucharle más: "Vaya uno a saber... creo que todos también".

El frío de la capital española no amedrentó a esta mujer que se trasladó desde París, donde reside desde hace décadas y que compartió su vida con Cortázar desde 1955 hasta fines de los años 60, para estar presente en una ocasión que lo justificaba: la publicación de tres historias inéditas que quedaron fuera de Historias de Cronopios y de Famas (editado por primera vez por Sudamericana en 1962): "Almuerzos", "Never stop the press" y "Vialidad". Aurora los rescató de los archivos dejados por Cortázar y autorizó por primera vez su publicación en esta edición de lujo de Del Centro Editores, como un homenaje al escritor argentino a 25 años de su muerte.

Se trata de una tirada de apenas 100 ejemplares realizados artesanalmente, numerados y firmados por la ilustradora, el calígrafo y el editor. Los textos están presentados en tres carpetas con cubiertas en papel estampado a mano incluidas, a su vez, en un estuche entelado. Un objeto de arte único para cronopios coleccionistas y para cualquier fanático de la obra de Cortázar que pueda pagar lo que vale cada ejemplar: 260 euros.

Pero estos tres textos son apenas la punta del iceberg inédito cortazariano. El Director de Contenidos de la editorial Alfaguara en España, Juan González, le confirmó ayer a Clarín que hacia el mes de abril publicarán un volumen de cerca de 400 páginas con muchísimo material desconocido de Cortázar, desde fragmentos de Rayuela y otras novelas del escritor hasta cuentos cortos, textos sueltos y apuntes, que Aurora Bernárdez complió luego de una meditada edición de ese material. El libro ya tiene título: Papeles inesperados.


"Todos somos cronopios"

Rodeando a ese mito viviente que es Aurora Bernárdez estaban los responsables de la edición, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, la ilustradora Judith Lange y el calígrafo José María Passalacqua. Alrededor, el bullicio aumentaba con la llegada de escritores como el chileno Carlos Franz –agregado cultural de la Embajada de su país en España–, la uruguaya Carmen Posadas, el argentino Tomás Eloy Martínez y el español Juan Cruz, entre otros.

Entonces sí, la viuda de Cortázar se animaba ante cada reencuentro con viejos amigos desplegando una energía inoxidable y una lucidez que suele estar vedada para los periodistas, ya que nunca concede entrevistas. Así se la escuchó comentar, por ejemplo, que estaba de acuerdo con que la agencia literaria de Carmen Balcells, representante de la obra de Cortázar, cobrara por el uso de su imagen o de sus textos: "Siempre accedí a que no pagaran nada si es para fines educativos, porque apoyo esa clase de iniciativas. Pero para otras cosas, no. Yo sou una defensora de los derechos de autor", dijo refiriéndose al intento del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de hacer una campaña con frases de Cortázar para conmemorar el aniversario de su muerte.

Más tarde, mientras se colocaba en la solapa el pin con una foto de Julio que le regalaban a los asistentes al ingresar a la librería del Centro de Arte Moderno –un local atestado de primeras ediciones a la venta de obras que iban de Borges a Cabrera Infante–, Juan Cruz le recordó a Aurora la insólita anécdota de cuando en 1993, mientras estaba al frente de la editorial Alfaguara, él se empecinó en reeditar las obras de Cortázar en España: "El problema es que para publicarlo aquí, lo tendríamos que traducir", le decían.

La misma Aurora contó cómo surgió la historia de "Instrucciones para subir una escalera" que integra los relatos de De Cronopios y de Famas: "Estábamos con Julio caminando por la Via Médici y vi una escalera maravillosa que tenía una forma parecida a la larga cola de un vestido. Se lo hice notar a él, y le divirtió la idea". Esta primera lectora privilegiada del autor de títulos como Final del juego también se animó, precisamente, a jugar con los cronopios: "Uno prefiere ser cronopio porque es más simpático y más poético. Pero todos somos todo: somos cronopios, somos fama y somos esperanza. Todos tenemos un poco de cada cosa. Aunque yo conozco famas que son cronopios, y cronopios que a veces son esperanza, y a veces son fama", resumió.

El acto terminó con un brindis y con las imágenes de los cronopios imaginados por la ilustradora italiana expuestas en unas vitrinas del Centro de Arte Moderno. Aurora las recorrió con una sonrisa, quizás recordando mejor que nadie al cronopio mayor.

domingo, 25 de enero de 2009

De newton, y la manzana, y las secuelas...

Cualquiera sabe bien que cuando se suelta el potro, las consecuencias desagradables son inevitables. Y muy a menudo estas consecuencias se resumen en tropiezo y caída, y la jeta contra el suelo duro e inhóspito, en un beso obligado con esa tierra que nos ama; y, si es en un lugar público, te juro, unas ganas de rajar que ni te cuento. Y nunca falta el gil que empieza a “verle el lado risueño a la situación” y te dice que ya pasó, como si no lo supieras.

Pero peor es el que se queda callado, el simple espectador, tan correcto, tan recatado; su educación le impide decírtelo, pero lo piensa, vos sabés que lo piensa, “este gil, se viene a caer justo acá… etc.”. Y el sabe que vos sabés, pero lo mismo piensa.

Desde los tiempos inenarrables en los que el hombre camina, conoce el tropiezo y la caída; y, por ende, la burla y las excusas.

Muchas y muy variadas han sido los objetos que han provocado, a lo largo de la historia, las caídas del hombre: desde la típica baldosa floja, hasta el pusilánime tropiezo provocado por la rebeldía de algún pie cansado. Ejemplificando esto último, el viejo manuscrito del periodista Hugo Baltasi expresa muy bien lo que quiero decir:

“He tenido ocasión de observar de que manera perniciosa y traicionera actúa la fuerza gravitacional sobre la pobre victima ocasional (por lo general, sujetos que poseen una gran distancia entre la cabeza y el piso).

Observé con cierto disgusto como el pie, miembro que inicialmente era de gran ayuda en el paseo, se interponía en el camino del pie, y ambos, pie y pie, provocaban una catástrofe en el soma del desventurado hasta el punto de obligar a la musculatura contigua a la mandíbula a amortiguar, en lo posible, el brusco contacto con la superficie terrestre.

He percibido también, que luego del ilícito, ambos, pie y pie, ponen “dedos de yo-no-fui” y continúan la marcha ante el desconcierto del accidentado en cuestión, que no se acuerda bien cual era el objetivo de la escabrosa caminata, pero se reacostumbra en me…”

Lo que sigue del manuscrito son garabatos ilegibles que todavía intentamos descifrar.

No solo las personas tropiezan: tropiezan las cosas, los trabajos, los ideales, los países… y yo, y este no-se-que con sabor a cuento…

Pero el hombre ha aprendido también a levantarse, y esa es su mejor cualidad: cuando está por el suelo, aunque con síntomas de gemido, su orgullo propio lo incita a pararse y seguir caminando, por ese no-se-que del que irán a decir los demás… y entonces la pregunta de siempre, del tipo que sigue formalismos: ¿cómo estás? ¿Estás bien?, y el accidentado, como siguiéndole el juego a ese formalismo que poco le importa en ese momento, responderá que si, aunque le duela hasta el alma: si.