martes, 17 de junio de 2008

Obra de cortazar: Instrucciones para llorar

Tumba de Cortázar - París

Instrucciones para llorar. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.


http://www.juliocortazar.com.ar

martes, 10 de junio de 2008

YO Y MI OTRO YO

Estoy parada frente al espejo de mi cuarto y me reconozco en la imagen que veo, pero no soy yo. El espejo se interpone entre nosotras, ambas lo sabemos. Pero ella sabe más, ella sabe por anticipado. Es mi facsímile diabólico y anticipado. Lee el mismo diario todas las mañanas, saluda a mis invitados y se pasea por mi casa, que es su casa cuando yo no estoy, o me sigue a la vidriera del café, al charco de la calle, al lustre de la oficina de mi jefe… la detesto.

Ya no se si lo que vislumbro cuando la veo soy yo o es ella consumiéndome paulatinamente, con paciencia, lacerándome con su mirada, mi mirada.

Ella lleva la cara de la muerte y la penumbra.

Ahora estoy parada frente al espejo de mi cuarto y me reconozco en la imagen que veo, pero no soy yo. Ahora no aguanto. Ahora es ella o soy yo. No soporto una copia que me suplante, quizás no me soporto. Tomo el último sorbo de este champagne barato y le reviento un botellazo en la cara a la del otro lado y ¡zás!, siete años de mala suerte pero a quién le importa ahora. Dejo el espejo hecho añicos y me voy a dormir. En fracciones de segundo veo mi vida pasando frente a mí y comprendo, ahora comprendo pero ya es demasiado tarde. Ahora floto y me veo desde afuera, ahora sí me veo. Esa soy yo, esa era yo.

martes, 3 de junio de 2008

SI… ¿SOY REBELDE?*


Si hay un campo intelectual en el que la paradoja se hace inevitablemente latente es el campo de la rebeldía masiva. Tal “rebeldía”, ataca directamente el individualismo que fomenta la verdadera rebeldía. Me explico: si a mayoría se rebela teniendo todos un objetivo común, las propiedades de la verdadera rebeldía se pierden, ahogadas en el amiquemeimportismo de las masas.
Es un fenómeno muy usual y de moda en estos tiempos, seguir ideologías presentadas por los medios de comunicación masivos. Y muchas veces esas ideologías promueven la falsa rebeldía. Esto provoca que muchos se hagan los rebeldes solo por encajar, cayendo en la más hipócrita de las rebeldías y anulando en su persona todo rastro de individualismo y de verdadera rebeldía.
La falsa rebeldía es, pues, una demagógica invención de los enemigos de la libertad, quienes hábilmente y sin ninguna oposición, hasta ahora, usufructúan lucrativamente el carácter “rebelde” del adolescente, promoviendo sus más bajos valores morales y excitando en él una actitud que se oponga a todo lo que no sea de su agrado. Finalmente, los que se oponen a esta rebeldía masiva son los verdaderamente rebeldes.
Es cierto que siempre han sido los jóvenes (y lo seguirán siendo) los que se han levantado en defensa de la justicia, y así debe ser. Pero nunca podremos protestar por la justicia mientras estemos empeñados en cumplir nuestro papel pedante, harto demostrada su inutilidad galopante.
La buena rebeldía tiene que ser original y basada en principios y valores propios. Sin la originalidad, la rebeldía sólo es una simple emulación, muchas veces ignorante, en la que se suscribe a alguien que se atrevió a pensar sin temor a las consecuencias.
Rebeldía no es sólo oponerse a los convencionalismos, aunque haya que hacerlo cuando estos son injustos, sino más bien dar la cara por lo que se piensa. Ergo hay que pensar, si no es mucho trabajo.
Espero con impaciencia el día en el que podamos mirarnos al espejo y decir con propiedad “si, soy rebelde” porque entonces, solo entonces, dejaremos de soñar.




*:El título y ciertos fragmentos del texto hacen referencia indirecta a la novela “Rebelde”. Cualquier parecido con la realidad es totalmente intencional

jueves, 15 de mayo de 2008

La Sociedad de las Cosas Perdidas

No es ajeno a nosotros que el ordinario hecho de la pérdida de objetos de nuestra pertenencia se ha tornado muy frecuente en los últimos tiempos, a tal punto de que no nos damos cuenta de las cosas que perdemos a menos que estemos pendientes de ellas. Todos los días perdemos cosas como el pelo, el peso (aunque no lo quiera creer), los papeles de golosinas… otros perdemos cosas más importantes tales como la paciencia, la cabeza, y, lo que todos sin excepción perdemos, el tiempo.

A los fines de frenar la creciente ola mundial de pérdidas, Celestino Jonte, el jardinero de circunvalación, fundó la Sociedad de las Cosas Perdidas. Es sabido que Rosario es la capital nacional de los objetos perdidos, por lo tanto fue muy pertinente comenzar la sociedad en dicha ciudad.

Al principio, el trabajo quijotesco de encontrar fue muy arduo, porque no sabían que era lo que buscaban; pero luego, con la creciente fama de la corporación y el gran número de sus acólitos, la tarea fue cediendo a las embestidas de la sociedad. Empezaron por los jardines de Celestino y encontraron cosas como tapas de cerveza, estampitas del gauchito Gil, lombrices, tornillos oxidados y bolsas de plástico. Lo único plausible era un viejo reloj de pulsera que ya no funcionaba, pero lo guardaron por su valor sentimental.

Luego siguieron por el parque Independencia, inspeccionando meticulosamente cada rincón, escudriñando cada escondrijo con sus lentes. Las señoras gordas se marchaban ofendidas, los tarambanas se reían de los que ellos llamaban “los locos del monóculo” (nombre que luego adoptarían los Tipos Bien para denominar a la sociedad), y los Tipos Apasionados de Rosario se compadecían en silencio mientras buscaban sin disimulo otro lugar donde desafiar a la rutina.

Los objetos encontrados eran depositados en la casa de Celestino, pero llegó un momento en el que ya no quedaban resquicios disponibles para el sinfín de objetos encontrados. Desde luego, tantas cosas encontradas empezaron a causar problemas, como por ejemplo, algunas de estas cosas se volvían a perder entre tanta multitud de otras cosas. Transcribo a continuación un fragmento de las Memorias de Pedro Flores, periodista de Baigorria, que me ejemplifica.

[…] El anciano les pedía con insistencia las pastillas para el corazón que había perdido en la línea 62, pero al parecer los buscadores las habían extraviado entre las demás cosas encontradas. Los encontradotes estuvieron abocados a encontrarlas durante dos semanas y tres días, momento en el cual el anciano falleció de un paro cardíaco […]

También hubo casos en los que algunos tarambanas reclamaban como suyas las pérdidas de otros, armando grescas colosales que, al final, redundaban en la pérdida.

Luego de unos años eran tantos los adheridos a la sociedad a nivel mundial, que ya no quedaban objetos para encontrar. Algunos avivados llegaron al extremo de encontrar las cosas antes de que sus dueños las perdieran. Unos Tipos Apasionados franceses se llevaron la Monalisa sin más ni más, alegando que se la encontraron “perdida en el Louvre”.

Con el tiempo la carestía de pérdidas dignas provocó una disminución de los miembros de la Sociedad.Tanto es así que quedaron solo treinta. Éstos se juntaron y como no sabían que buscar, salieron a la búsqueda de la honestidad de los políticos argentinos. Salieron y nunca más volvieron. Vaya uno a saber a qué galaxia fueron a parar, nadie hasta hoy los encontró. Se fueron, y con ellos se fueron las artes de encontrar. Quizás algún día encuentren lo que buscaban y vuelvan, pero hasta ese día nosotros seguimos perdiendo.

Ezequiel Almeida

martes, 13 de mayo de 2008

EL COLECIONISTA

(Charlas de diván I)

– Es imposible –dijo Zapata mientras jugueteaba con los dedos – no entiendo el orden del tipo.

– Lo de él es espontáneo, viejo, –dijo Martínez haciendo un esfuerzo por elegir las palabras adecuadas para explicarse – lo que pasa es que a vos se te da por el raciocino escolástico y te vas por las ramas del orden aceptado, che; así nunca lo vas a entender.

– Pero ¿Por qué en las cabezas, porqué no en una vitrina de exposición como la gente, loco?

– ¿Como la gente? ¿Como qué gente? Dejáte de convencionalismos, che. La gente que vos decís no entiende un bledo del orden artístico puro; porque, llamemos a las cosas por su nombre, Arszuritch es un artista. Sus colecciones son una gran obra de arte y no solo una mera acumulación de determinado tipo de objetos en ese “orden” del que vos hablás. Y lo de las cabezas es pura casualidad, o destino si querés. Bien podrían haber sido las cabezas como bandejas de comedor o latas vacías, pero parece que el tipo era cazador en sus tierras y cuando se dedicó a coleccionar, usó sus trofeos de caza como soportes de exposición. Y cuando digo trofeos de caza me refiero a esas majestuosas cabezas de alce con sus imponentes cornamentas. Sí, majestuoso.

– Majestuoso o lo que quieras, el tipo es un chiflado –objetó Zapata.

– El tipo es un maniático, es verdad, pero, ¿no seremos nosotros los que

estámos locos y él el único sano? ¿Cómo a saber si no somos nosotros los que estámos del otro lado del espejo? That’s the question viejo. Merde.

Martínez se levantó del piso que utilizaba como una improvisada “cama”. El aire de la habitación estaba viciado al punto en que no se veían entre ellos. Descargó su pipa en el basurero de chapa, entró al baño y desde ese lugar de acústica privilegiada le gritó: – Si de verdad querés entender el orden al que el tipo se refiere, tenés que mirarlo con otros ojos, ojos de tijera se me hace. Por ejemplo, le das un tajo a la cabeza que colecciona discos, y le das otro en la que invariablemente pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con los lápices de fieltro a la derecha y un poco atrás. Se trata ahora de apreciar los resultados.

Ezequiel Almeida

Cortázar: su relación con las cuidades



Creo que todos los cronopios hemos sentido lo mismo alguna vez...

El Linyera

“La mejor cualidad de mis antepasados es la de estar muertos; espero modesta pero orgullosamente el momento de heredarla.” Fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar

Era de noche; y eran exactamente las doce del mediodía en la mitad opuesta del planeta, y el tipo sin nombre (hacía muchas primaveras lo había olvidado) vagaba sin rumbo. Dueño de la calle, por poseerla; a la vez esclavo por no tener otro lugar a donde ir; desnudo de ideas, vivía por inercia; lo de siempre, poner cara de patíbulo y caminar. Bajo frío, calor, humedad, lluvia y demás combinaciones meteorológicas, el Don Nadie caminaba, de luna a luna caminaba. Conocía toda la ciudad, era un mapa que nadie consultaba, una especie de oráculo impráctico. Conocía cada recoveco, cada vereda, cada esquina…

Cuando caminaba pocas veces había algo que se atreviera a romper su rutina: un auto que deliberadamente pasaba a su lado rompiendo la imagen del cielo reflejada en un charco, haciendo que muchos de estos pedazos de cielo se alojaran en el saco casi inmaterial del infortunado, lejos de ser estos una bendición. El solo maldecía con lo que le quedaba de su voz oxidada por el desuso y seguía caminando. Escudriñaba los adoquines con cuidado y observaba como más allá el asfalto, símbolo del progreso, invadía con vehemencia los rústicos empedrados. Su rutina de caminar lo estaba cansando, pero ya no sabía hacer otra cosa, el olvido lo había invadido como un tumor inextirpable. Su rutina había tornado su vida en una simple existencia inservible.

Un día despertó y sintió (¿sintió?) un peso excedente en sus piernas que no le permitían caminar. Por instinto se arrastró hasta un árbol y sin miedo (ni nada), como descargándose del peso de su inútil subsistencia, murió.

Ezequiel Almeida

lunes, 12 de mayo de 2008

Cuando leí a cortázar por primera vez (libro "Los Premios") nunca pensé que podría llegar a ser un fan suyo. Ahora me gusta decir que mi vida se divide en: a.C. y d.C, antes y despues de Cortázar. Pero también hay un antes y un después de "Rayuela". Antes, era un lector pasivo (los que leyeron Rayuela saben a loque me refiero), ahora soy un lector activo. Y he llegado a tal punto de actividad que comencé a escribir.
Y es por eso que quise crear este blog en el que voy a subir lo que escriba, recomendar lecturas y debatir, (amo debatir y filosofar). Bueno, por ahora eso...

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