domingo, 25 de enero de 2009

De newton, y la manzana, y las secuelas...

Cualquiera sabe bien que cuando se suelta el potro, las consecuencias desagradables son inevitables. Y muy a menudo estas consecuencias se resumen en tropiezo y caída, y la jeta contra el suelo duro e inhóspito, en un beso obligado con esa tierra que nos ama; y, si es en un lugar público, te juro, unas ganas de rajar que ni te cuento. Y nunca falta el gil que empieza a “verle el lado risueño a la situación” y te dice que ya pasó, como si no lo supieras.

Pero peor es el que se queda callado, el simple espectador, tan correcto, tan recatado; su educación le impide decírtelo, pero lo piensa, vos sabés que lo piensa, “este gil, se viene a caer justo acá… etc.”. Y el sabe que vos sabés, pero lo mismo piensa.

Desde los tiempos inenarrables en los que el hombre camina, conoce el tropiezo y la caída; y, por ende, la burla y las excusas.

Muchas y muy variadas han sido los objetos que han provocado, a lo largo de la historia, las caídas del hombre: desde la típica baldosa floja, hasta el pusilánime tropiezo provocado por la rebeldía de algún pie cansado. Ejemplificando esto último, el viejo manuscrito del periodista Hugo Baltasi expresa muy bien lo que quiero decir:

“He tenido ocasión de observar de que manera perniciosa y traicionera actúa la fuerza gravitacional sobre la pobre victima ocasional (por lo general, sujetos que poseen una gran distancia entre la cabeza y el piso).

Observé con cierto disgusto como el pie, miembro que inicialmente era de gran ayuda en el paseo, se interponía en el camino del pie, y ambos, pie y pie, provocaban una catástrofe en el soma del desventurado hasta el punto de obligar a la musculatura contigua a la mandíbula a amortiguar, en lo posible, el brusco contacto con la superficie terrestre.

He percibido también, que luego del ilícito, ambos, pie y pie, ponen “dedos de yo-no-fui” y continúan la marcha ante el desconcierto del accidentado en cuestión, que no se acuerda bien cual era el objetivo de la escabrosa caminata, pero se reacostumbra en me…”

Lo que sigue del manuscrito son garabatos ilegibles que todavía intentamos descifrar.

No solo las personas tropiezan: tropiezan las cosas, los trabajos, los ideales, los países… y yo, y este no-se-que con sabor a cuento…

Pero el hombre ha aprendido también a levantarse, y esa es su mejor cualidad: cuando está por el suelo, aunque con síntomas de gemido, su orgullo propio lo incita a pararse y seguir caminando, por ese no-se-que del que irán a decir los demás… y entonces la pregunta de siempre, del tipo que sigue formalismos: ¿cómo estás? ¿Estás bien?, y el accidentado, como siguiéndole el juego a ese formalismo que poco le importa en ese momento, responderá que si, aunque le duela hasta el alma: si.